Sobre el perdón: ¿egoísmo, orgullo o dependencia emocional?


¿Por qué tendemos a denominar y categorizar las cosas e incluso a las personas?

La respuesta simple puede ser que, como seres racionales, es lo que necesitamos y si no lo hacemos, caemos en la terrible sensación de ansiedad que nos provoca el no tener control de nuestro entorno y de no poder hacer uso de nuestro lenguaje ya que con él, satisfacemos nuestra necesidad natural de comunicarnos.
Resultaría aún peor  pensar que, con la falta de categorización hacia algo o a alguien, nos quedamos al borde de la molesta sensación de perder el control sobre el otro.

El poder de nuestras palabras

Dentro de la crítica a la posmodernidad, en la postura del pensamiento lingüístico hermenéutico y fenomenológico, a partir de los estudios de la comunicación, George Steiner dice que si no se nombra algo, no existe. Y cuando nombramos a alguien o lo categorizamos dentro de algún sentido de nuestro pensamiento, lo estamos connotando de cierto valor  en nuestra realidad individual, así como de determinadas cualidades por las que, subjetivamente, lo reconocemos como un elemento relevante en nuestra vida y en el cual basamos nuestras expectativas.

A partir del poder que tiene el lenguaje sobre nuestras realidades, surge la presente reflexión. En otras palabras, en el poder para denominar las relaciones que nacen y se mantienen entre individuos, así como los peligros emocionales a las que voluntariamente nos sometemos como parte de lo que nos hace humanos.

Vírgula de la palabra. De acuerdo con la mitología, Quetazalcoatl fue quien al hacer sonar su caracol definió el sonido es decir, la palabra oral, aludiendo así al soplo divino y más exactamente al espíritu del hombre.

La categorización de alguien como 'algo' para uno mismo


Es muy extraño pensar en lo visceral que puede llegar a ser una relación de amistad o de pareja. Las posibilidades de querer a una persona se podrían distinguir cuando aquella está ausente. En consecuencia, asusta darse cuenta de lo mucho que se está dispuesto a hacer por tener el soporte o algún signo de su presencia.
Pero en realidad se quiere tanto a alguien porque nos ofrece algo que inconscientemente buscamos satisfacer dentro de nosotros mismos es decir, el otro es solo una herramienta para nuestra satisfacción personal.

Suena egoísta y contradictorio a los principios éticos en los que pudimos habernos formado, pero así han sido muchas de las relaciones interpersonales que aún mantenemos. En pocas palabras, esa es la realidad objetiva y la naturaleza de nuestra sociabilidad: nos alimentamos los unos de los otros para sobrevivir. Nos necesitamos.

¿En qué consiste esta observación? Primero juntemos las piezas para entender la relación entre ellas:

A necesita z pero no es consiente de ello. B es un placebo de z. B puede estar necesitando x pero no es consiente de ello. Entonces A se vuelve un sustituto de x para B. Ambos creen ser z o x en el otro, pero en realidad no están obteniendo lo que necesitan, sin embargo ambos se tienen y se conforman con eso.

Esa conformidad puede traducirse en costumbre y si está mal dirigida hacia intereses personales por sobre el otro, entonces se está hablando de una relación tóxica.

"Si la cercanía de una amistad depende del dolor compartido, existe también el peligro de que se cree ese dolor de forma artificial para mantener viva la relación", Kitty Drake, Vice, Mayo 2018.

Si B no es consciente de lo que es z en A, puede llegar el momento en que a B le asuste descubrir dentro de sí que solo toma acciones para ser z, pretendiendo que con ello ayudará a A únicamente por la razón de querer sentirse bien consigo mismo, o para que A simplemente "permanezca", sea con B o solo como su placebo. Todo ello dentro de un ciclo vicioso, porque finalmente ambos se alimentan mutuamente.

Retomando el poder de las palabras sobre esta idea de mutua necesidad dentro de la sociabilidad que se mantiene, recae en lo que se puede definir como un contrato social indeterminado, en el cual ambas partes se pueden denominar algo del otro y, por dicho contrato, se estipula (o asume) que ambos se deben mutuamente algo en correspondencia: confidencia, apoyo, tiempo e incluso cariño.























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